ASAJA ALBACETE INFORMA: EUROPA COMIENZA A ADMITIR QUE SIN AGRICULTORES Y GANADEROS RENTABLES, EL MONTE SEGUIRÁ ARDIENDO

ASAJA Albacete lo lleva denunciando desde hace años, y es ahora cuando la Comisión Europea ha presentado su paquete de preparación frente a los incendios forestales para el verano de 2026 y reconoce, por escrito, que el abandono rural y la falta de gestión del monte están detrás de unos fuegos cada vez más virulentos. Este es el diagnóstico que ASAJA repite desde hace años. La pregunta sigue siendo la misma: ¿se va a hacer algo para que vivir del campo vuelva a ser rentable, o seguiremos confiándolo todo a los aviones cuando el monte ya arde?

Un verano más, las previsiones no acompañan. Las proyecciones manejadas por la Comisión Europea apuntan a un trimestre con temperaturas por encima de la media en buena parte del continente y a un escenario de sequía estructural que se arrastra desde la primavera, con especial preocupación en el centro y el este de Europa. En España, junio y julio se presentan con un riesgo elevado en amplias zonas del país y con un déficit de agua que reseca la vegetación y la convierte en combustible. La propia campaña europea de respuesta ya se ha activado de forma temprana este año, antes incluso del inicio oficial del verano.

Pero el dato que debería hacer reflexionar a toda la sociedad es otro. Según la Comisión, en 2025 ardió en la Unión Europea más superficie que nunca antes registrada: más de un millón de hectáreas, una extensión mayor que la isla de Chipre. En cuatro de los últimos cinco años la superficie quemada ha superado la media, los incendios son cada vez más grandes e intensos y se multiplican los llamados megaincendios, imposibles de controlar con los medios tradicionales de extinción. El coste de los daños a bienes e infraestructuras se estima en unos 2.500 millones de euros anuales. Y un apunte que desmonta tópicos: hasta el 96 % de las igniciones en la UE tienen origen humano.

La gran causa de fondo: la falta de gestión del monte

Más allá del cambio climático y de las imprudencias, la comunicación europea sitúa negro sobre blanco una causa que el sector agrario lleva años denunciando: el abandono de las prácticas agrícolas y ganaderas tradicionales y la falta de gestión forestal activa han provocado una acumulación masiva de combustible vegetal en el territorio. La despoblación rural, la desaparición del mosaico de cultivos y pastos y la infrautilización de herramientas como el pastoreo, la trashumancia o las quemas prescritas han generado paisajes continuos y homogéneos, perfectos para que el fuego corra sin freno.

La imagen es fácil de entender: el monte funciona como un almacén en el que cada año se acumula un nuevo nivel de combustible. Donde antes había cultivos, pastos y ganado que mantenían el paisaje a raya, hoy avanza una masa forestal sin control. Europa tiene más superficie arbolada que hace un siglo, pero crece sin la gestión debida. Por eso los incendios no solo son más extensos, sino más intensos, y cada vez con más frecuencia alcanzan a pueblos, urbanizaciones, polígonos, autopistas o líneas eléctricas.

El agricultor y el ganadero, primera línea de prevención

Frente a ese escenario, el papel del sector primario resulta insustituible. La propia Comisión reconoce a agricultores, ganaderos y silvicultores como actores clave en la prevención, poseedores de un conocimiento práctico adaptado al territorio, y señala a la Política Agraria Común (PAC) como la principal fuente de financiación europea para la prevención basada en la gestión del terreno: cortafuegos, desbroces, pastoreo extensivo, mantenimiento del mosaico agrario y de zonas en riesgo de abandono. El propio texto defiende premiar a quienes sostienen sistemas ganaderos extensivos en zonas de montaña y áreas marginales.

No es teoría. Un olivar, un viñedo o un campo de cereal actúan como cortafuegos vivos: rompen el frente del incendio, le restan intensidad y ofrecen a los equipos de extinción un lugar seguro desde el que trabajar. Donde pasta el ganado, no se acumula la maleza que alimenta el fuego. Mantener viva esa actividad es, en la práctica, la política de prevención más eficaz y más barata que existe.

El reconocimiento no basta: hace falta rentabilidad

Aquí es donde ASAJA marca la línea crítica. De poco sirve que Bruselas reconozca el valor del agricultor y del ganadero si después no se garantiza que vivir del campo sea rentable. La prevención del territorio no puede sostenerse a base de subvenciones puntuales ni de programas piloto bien intencionados pero inviables económicamente. Cuando un ganadero deja el pastoreo o un agricultor abandona su parcela no es por capricho: es porque los números no salen. Y mientras no salgan, el monte seguirá colonizando el campo abandonado.

A esa falta de rentabilidad se suma un exceso de normativa que asfixia los usos tradicionales del monte. ASAJA viene reclamando cambios en la regulación que permitan recuperar el aprovechamiento de la biomasa, los desbroces y el conjunto de usos —madereros y no madereros— que durante siglos mantuvieron limpios nuestros montes. La gestión forestal en España se enfrenta además a la fragmentación competencial entre las distintas administraciones, que multiplica la complejidad y ralentiza cualquier actuación. Sin un marco que haga atractivo y posible volver al monte, el reconocimiento sobre el papel se queda en buenas palabras.

En este punto hay además una oportunidad que hoy se está desaprovechando. El sector agrario y forestal genera grandes cantidades de biomasa que, en lugar de acumularse en el monte como combustible, podrían tener una salida útil. Faltan, sin embargo, planes que permitan evacuar esa biomasa y transformarla en energía. Poner en marcha esos planes cerraría un círculo virtuoso: menos combustible acumulado en el monte, una nueva fuente de ingresos para el medio rural y un impulso a la transición energética. Es una vía que ASAJA reclama desarrollar sin más demora.

Por la misma razón, conviene revisar y estudiar de nuevo el diseño de los ecorregímenes de la PAC, prestando especial atención al papel que cumplen las cubiertas vegetales y a su comportamiento en situaciones de incendio. No se trata de renunciar a sus beneficios ambientales, sino de afinar estas herramientas para que sigan sumando sin contribuir, de forma involuntaria, a la acumulación de combustible en los momentos de mayor riesgo.

Apagar en invierno, gestionar todo el año

La Unión Europea refuerza, un año más, su capacidad de respuesta: una flota europea con decenas de medios aéreos —dos aviones anfibios estarán basados en España—, equipos terrestres especializados y una célula de coordinación que operará entre el 15 de junio y el 18 de septiembre, además del despliegue de bomberos de distintos países para compartir experiencia, varios de ellos en comunidades autónomas españolas. Son medios necesarios y bienvenidos. Pero son solo una parte de la ecuación.

Porque, como recuerda el propio enfoque integral que defiende Europa, el incendio se combate todo el año, no solo cuando ya hay llamas. El agua da lo que da frente a la energía acumulada en un monte sin gestionar. Si no se actúa sobre el combustible —y eso pasa por devolver actividad económica al territorio— ningún despliegue de extinción cambiará el rumbo de lo que viene. La buena noticia es que el diagnóstico, por fin, parece compartido. La mala, que sin rentabilidad agraria detrás, seguirá sin resolverse.

La posición de ASAJA

Para ASAJA Albacete, la conclusión es clara: la mejor política contra los incendios forestales se llama agricultura y ganadería viva y rentable. Mantener agricultores y ganaderos en el territorio no es un gasto, es la inversión en prevención más rentable que puede hacer la sociedad. Proteger su renta, eliminar trabas normativas y poner en valor su labor de cuidado del monte no es solo una reivindicación del sector: es una cuestión de seguridad para el conjunto del país. El campo lleva años avisando. Ahora que Europa lo reconoce, toca pasar de las palabras a los hechos.

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